Hay colaboradores con los que uno piensa dos veces antes de sentarse a conversar. Sabes que algo debe corregirse, pero anticipas la escena: se pondrá a la defensiva, buscará culpables, levantará la voz o quizá termine llorando. Entonces haces lo que parece más fácil: lo dejas pasar. Ajustas tú el trabajo, supervisas un poco más y piensas: “Después se lo digo”. Sin darte cuenta, empiezas a vivir exactamente aquello que querías evitar: “Todo lo termino haciendo yo. Vivo detrás de ellos para que hagan lo que les toca”.
Lo más desgastante no es solamente el comportamiento de esa persona. Es empezar a sentir que para mantener la paz tienes que medir cada palabra, soportar cosas que con otros sí corregirías y llevarte la conversación pendiente a casa. “Sé que hago algo mal, pero no sé qué”. Encontré un artículo de Harvard Business Review que aborda precisamente este escenario: cómo dar feedback cuando sabes que la otra persona puede llorar, enojarse o ponerse a la defensiva. Y hay una idea especialmente útil: la reacción emocional del colaborador no elimina tu responsabilidad de tener la conversación.
El artículo que recomiendo hoy.
Se titula “How to Give Feedback to People Who Cry, Yell, or Get Defensive”, de Amy Jen Su.
Su parte más práctica parte de una realidad que muchos manuales de liderazgo simplifican demasiado.
Dar feedback no siempre produce una conversación racional del tipo:
“Gracias, jefe. Comprendo perfectamente su observación y trabajaré en ello”.
A veces aparece otra cosa.
Lágrimas.
Enojo.
Negación.
Explicaciones interminables.
Culpa hacia terceros.
Y ahí también se evalúa la capacidad del jefe.
Su plantea prepararse para estas conversaciones, mantener la calma ante la reacción emocional y evitar que esa reacción saque la conversación de su propósito.
El primer error ocurre antes de sentarnos a conversar.
Imaginas que la persona reaccionará mal.
Entonces empiezas a suavizar.
Preparas diez minutos de elogios antes de llegar al problema.
Hablas indirectamente.
Utilizas frases ambiguas.
“Tal vez podríamos considerar algunas oportunidades de mejora…”.
La persona sale pensando que todo está razonablemente bien.
Tú sales pensando:
“No pude decírselo”.
Y el problema sigue exactamente donde estaba.
Ser empático no significa volver incomprensible el mensaje.
Hay otra posibilidad todavía peor: acumular.
Primer incidente.
Callas.
Segundo.
Callas.
Tercero.
Callas.
Cuarto.
Explotas.
Ahora ya no dices:
“Ayer interrumpiste tres veces a Laura mientras presentaba”.
Dices:
“¡Es que usted siempre hace lo mismo!”.
Ya no estás dando feedback sobre una conducta.
Estás descargando un historial.
La recomendación recogida en el artículo es precisamente evitar dejar que las situaciones se acumulen: cuando el feedback se entrega conforme aparecen los problemas, estos suelen ser más pequeños y manejables.
Eso reduce muchísimo el desgaste del jefe.
Cuando la persona llora.
Esta es una situación que paraliza a muchos líderes.
Estás explicando algo que necesita mejorar.
La persona empieza a llorar.
¿Qué haces?.
Algunos jefes retroceden inmediatamente:
“No, no, tranquila. Tampoco es para tanto. En realidad haces un excelente trabajo…”.
Y terminan retirando prácticamente todo el feedback.
La persona deja de llorar.
El jefe siente alivio.
Pero ocurrió algo peligroso:
la emoción terminó decidiendo qué se podía conversar.
Su recomienda reconocer la reacción, ofrecer un momento para recomponerse y después regresar al contenido de la conversación.
Yo lo llevaría así:
“Veo que esto te está afectando. Tomemos un momento”.
Silencio.
Agua.
Tiempo.
Después:
“Cuando estés lista, quiero que continuemos porque esto es importante para tu desarrollo”.
Empatía.
Sin abandonar el mensaje.
Cuando la persona se enoja.
Aquí cambia el reto.
El tono sube.
La persona empieza a discutir.
Quizá diga:
“¡Eso no es cierto!”.
“Siempre me culpan a mí”.
“Usted no tiene idea de todo lo que hago”.
Tu sistema emocional también se activa.
Y aparece la tentación de demostrar quién manda.
Error.
Si tú subes dos niveles porque la persona subió uno, ya no tenemos feedback.
Tenemos una pelea jerárquica.
Puedes decir:
“Quiero escuchar tu desacuerdo, pero necesito que podamos conversar sin atacarnos”.
Y regresar a hechos concretos.
“Lo que estoy señalando es esta conducta y este impacto”.
No necesito ganar la discusión.
Necesito que el mensaje quede claro.
Cuando la persona se pone a la defensiva.
Este probablemente sea el escenario más habitual.
Todo tiene explicación.
El cliente.
El compañero.
El sistema.
La falta de tiempo.
El otro departamento.
El jefe anterior.
La economía mundial.
Todo excepto la propia responsabilidad.
Aquí ocurre algo interesante.
Cuanto más intentas convencer, más argumentos aparecen.
Por eso conviene cambiar la conversación.
En lugar de discutir cada explicación:
“Entiendo que hubo varios factores. Quiero concentrarnos en la parte que sí estaba bajo tu responsabilidad”.
Y después:
“¿Qué podrías haber hecho diferente?”.
Si vuelve a culpar a terceros:
“Eso explica una parte. ¿Cuál fue la tuya?”.
Una pregunta.
Silencio.
No rescates demasiado rápido.
La técnica que recomiendo: HECHO → IMPACTO → ESCUCHA → ACUERDO.
Yo convertiría las ideas del artículo en una estructura muy sencilla para una conversación difícil.
1. HECHO. Describe lo que ocurrió.
No interpretes personalidad.
❌ “Eres poco profesional”.
Sí:
“En las últimas dos reuniones interrumpiste varias veces mientras otros estaban exponiendo”.
Los hechos reducen espacio para discusiones innecesarias.
2. IMPACTO. Explica por qué importa.
“Cuando ocurre, algunas personas dejan de participar y perdemos información que necesitamos para decidir”.
Ahora la persona entiende que no estás corrigiendo porque algo simplemente te molesta.
Existe una consecuencia.
3. ESCUCHA. Deja entrar su versión.
“¿Cómo lo ves tú?”.
Aquí pueden aparecer datos que no conocías.
Escuchar no significa retirar automáticamente tu observación.
Significa incorporar información antes de decidir qué hacer.
4. ACUERDO. Define qué debe ocurrir después.
“En la próxima reunión necesito que dejes terminar la intervención antes de responder. Si no estás de acuerdo, toma nota y lo discutimos inmediatamente después”.
Observable.
Concreto.
Verificable.
No:
“Necesito que mejores tu actitud”.
Eso no ayuda a nadie.
Y si aparece una emoción, no abandones la secuencia.
Llora.
Reconoces.
Pausa.
Vuelves al acuerdo.
Se enoja.
Pones límite.
Bajas temperatura.
Vuelves al acuerdo.
Se defiende.
Escuchas.
Separan responsabilidades.
Vuelves al acuerdo.
La emoción forma parte de la conversación.
No necesita convertirse en el volante de la conversación.
Hay una frase que puede cambiar mucho estas situaciones.
“No necesito que estés de acuerdo conmigo en todo este momento. Sí necesito que entiendas qué conducta necesitamos cambiar”.
Eso libera al jefe de una batalla innecesaria.
Porque muchas conversaciones difíciles fracasan intentando conseguir algo que no necesitamos:
que la otra persona admita inmediatamente que nosotros tenemos razón.
No siempre ocurrirá.
El objetivo es conseguir comprensión suficiente, responsabilidad y un cambio observable.
Cuando la reacción emocional se convierte en patrón, el patrón también necesita feedback.
Este punto del artículo me parece especialmente importante.
Una cosa es que alguien tenga un mal día.
Otra muy distinta es que cada vez que recibe una observación:
Llore.
Grite.
Ataque.
Culpe.
Cierre la conversación.
Entonces ya tenemos dos temas.
El problema original.
Y la manera en que esa persona recibe feedback.
Su recomienda abordar directamente ese patrón recurrente y conversar sobre qué necesita cambiar para que el feedback pueda recibirse con mayor apertura.
Yo diría algo así:
“He observado que cuando conversamos sobre algo que necesitas mejorar, la conversación suele terminar en enojo y nos cuesta avanzar. Quiero saber qué puedo hacer yo para ayudarte a recibir mejor el feedback y también necesito explicarte qué espero de ti en estas conversaciones”.
Eso es mucho más útil que empezar a evitar a la persona.
El jefe también necesita revisar su propio miedo.
Aquí está la parte incómoda.
A veces decimos:
“Con esa persona no se puede hablar”.
Puede ser verdad.
Pero también puede convertirse en una magnífica excusa para evitar una competencia que todavía no dominamos.
Pregúntate:
¿Estoy evitando la conversación porque realmente sería improductiva o porque me incomoda emocionalmente tenerla?.
No es lo mismo.
Un líder no necesita disfrutar las conversaciones difíciles.
Necesita aprender a sostenerlas.
Y eso también protege al resto del equipo.
Este punto suele olvidarse.
Imagina una persona que reacciona mal cada vez que recibe feedback.
El jefe empieza a evitar corregirla.
Los demás observan.
Ellos sí reciben observaciones.
A ellos sí se les exige.
A la persona difícil, menos.
¿Qué aprende el equipo?.
Reaccionar mal funciona.
Ahora ya no tienes solamente un problema individual.
Tienes un problema de justicia.
Y pocas cosas deterioran más rápido la confianza en un jefe que la percepción de que las reglas dependen de quién protesta más fuerte.
Hay otro artículo de HBR que explica por qué recibir feedback también es una competencia.
Sheila Heen y Douglas Stone plantean que prácticamente todos —desde personas recién contratadas hasta altos ejecutivos— tenemos dificultades para recibir críticas y describen tres tipos de detonantes: relacionados con la verdad del feedback, con nuestra relación con quien lo entrega y con nuestra propia identidad.
Eso ayuda a comprender algunas reacciones.
La persona quizá no está escuchando:
“Necesitas mejorar esta conducta”.
Está escuchando:
“No eres suficientemente bueno”.
O:
“Esta persona no tiene derecho a decírmelo”.
O:
“Esto demuestra que nunca voy a poder hacerlo”.
Comprender el detonante ayuda.
Pero comprender no significa renunciar a dirigir.
Haz esta prueba con la conversación que llevas semanas posponiendo.
No pienses todavía en cómo reaccionará la otra persona.
Escribe mentalmente cuatro cosas:
¿Cuál es el hecho concreto?.
¿Qué impacto está produciendo?.
¿Qué necesito escuchar antes de concluir?.
¿Qué conducta específica necesito que cambie?.
Si no puedes responder esas cuatro preguntas, quizá todavía no estás listo para conversar.
Si puedes responderlas, probablemente tengas bastante más claridad de la que pensabas.
Mi reflexión.
Muchos líderes no están agotados solamente por la cantidad de trabajo.
Están agotados por la cantidad de conversaciones que llevan dentro de la cabeza y todavía no han tenido.
“Tengo que hablar con él”.
“Después se lo digo”.
“Hoy mejor no”.
“Seguro se va a molestar”.
Mientras tanto, compensan.
Corrigen el trabajo.
Persiguen.
Supervisan.
Se llevan el problema a casa.
Y terminan diciendo:
“No logro desconectar”.
Hay una salida.
No consiste en volverte frío.
Tampoco en decir todo sin importar cómo afecte a la otra persona.
Consiste en desarrollar una competencia mucho más difícil:
ser claro sin ser agresivo, escuchar sin perder el rumbo y mostrar empatía sin abandonar la responsabilidad.
Ahí empieza el cambio.
De:
“Cargo solo con un equipo que no responde y me drena”.
A:
“Lidero con calma a personas que saben qué espero, pueden conversar conmigo incluso cuando algo incomoda y me siguen porque quieren”.
Eso requiere un método para dirigir personas, no solamente tareas.
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Referencias bibliográficas.
Su, A. J. (2016, September 21). How to give feedback to people who cry, yell, or get defensive. Harvard Business Review. (Harvard Business Review)
Leer el artículo original en Harvard Business Review
Heen, S., & Stone, D. (2014). Find the coaching in criticism. Harvard Business Review, 92(1/2), 108–111.