Hay líderes que no pueden terminar una reunión sin que alguien los detenga con un “antes de que se vaya…”. El teléfono sigue sonando. Los mensajes llegan con preguntas que otras personas deberían poder resolver. Y cuando por fin intentas desconectarte, aparece esa sensación incómoda: “Si no estoy pendiente, algo se va a caer”. Así empieza el círculo. Intervienes porque quieres ayudar, resuelves porque sabes cómo hacerlo y terminas confirmando tu peor sospecha: “Todo lo termino haciendo yo”.
Lo complicado es descubrir que algunas veces nosotros mismos entrenamos al equipo para depender de nosotros. Con la mejor intención. Queremos protegerlos de errores, presiones y problemas. Pero encontré un artículo de Harvard Business Review que pone nombre a ese comportamiento: el “umbrella manager”, el jefe-paraguas que intenta proteger a su gente de prácticamente todas las dificultades. Y cuanto mejor hace ese trabajo, menos oportunidades tiene su equipo de aprender a resolver sin él.
El artículo que recomiendo hoy.
Se titula “How to Equip Your Team to Problem Solve Without You”, de Luis Velasquez y Kristin Gleitsman, publicado por Harvard Business Review.
El ejemplo con el que comienza me parece muy reconocible.
Los autores presentan el caso de Susan, una líder que estaba convencida de que parte de su responsabilidad era proteger a su equipo. Su intención era buena: trabajaban en una organización exigente y rápida, y quería que su gente pudiera tener éxito.
Así que empezó a interceptar dificultades.
A convertirse en escudo.
A solucionar.
A proteger.
El problema no estaba en sus intenciones.
Estaba en lo que su equipo estaba dejando de aprender mientras ella solucionaba.
Hay una forma de ayudar que termina debilitando.
Pensemos en una situación normal.
Un colaborador llega:
“Tenemos un problema con el cliente. No acepta la propuesta”.
El jefe experimentado escucha treinta segundos y responde:
“Haz esto, llama a esta persona, cambia aquello y envíame copia”.
Problema solucionado.
Excelente.
Excepto por un detalle.
¿Quién pensó?
El jefe.
¿Quién diagnosticó?
El jefe.
¿Quién generó alternativas?
El jefe.
¿Quién tomó la decisión?
El jefe.
¿Y qué aprendió el colaborador?
Que cuando aparece un problema difícil…
hay que buscar al jefe.
Repite esa dinámica durante un año y después resulta fácil decir:
“No tienen iniciativa”.
El liderazgo puede crear exactamente la conducta que después critica.
Esta es una de las paradojas que más veo.
El jefe dice:
“Quiero gente autónoma”.
Pero cuando alguien intenta resolver, interviene.
Dice:
“Quiero que tomen decisiones”.
Pero cuando toman una diferente de la que él habría tomado, corrige inmediatamente.
Dice:
“Necesito que tengan más iniciativa”.
Pero ante cada problema entrega la solución.
El equipo aprende rápido.
Pensar tiene riesgo. Preguntar al jefe, no.
Así se construye dependencia.
No porque la gente sea incapaz.
Porque el sistema recompensa consultar.
La pregunta que cambia la conversación.
Cuando alguien llegue con un problema, intenta contener durante unos segundos el impulso de resolver.
Pregunta:
“¿Qué has pensado hacer?”.
Parece demasiado sencillo.
No lo es.
Si responde:
“No sé”.
No rescates todavía.
Pregunta:
“¿Qué opciones ves?”.
Si sigue esperando tu respuesta:
“Si yo no estuviera disponible, ¿qué harías?”.
Ahora obligamos al cerebro correcto a trabajar.
El suyo.
El objetivo no es abandonar a la persona.
Aquí hay una diferencia importante.
Desarrollar autonomía no significa decir:
“Resuélvelo tú”.
Eso puede ser simplemente abandono disfrazado de empowerment.
El trabajo del líder cambia.
En lugar de resolver el problema, empieza a acompañar el proceso de resolución.
Yo utilizaría una secuencia de cinco preguntas.
1. ¿Cuál es realmente el problema?.
No aceptes automáticamente la primera descripción.
Muchas veces recibimos síntomas.
2. ¿Qué has intentado hasta ahora?.
Aquí descubrimos si la persona ya está pensando o solamente escalando.
3. ¿Qué alternativas tienes?.
Pide más de una.
Una opción es una reacción.
Varias opciones obligan a comparar.
4. ¿Cuál recomiendas y por qué?.
Esta pregunta desarrolla criterio.
Ya no quiero solamente información.
Quiero una posición.
5. ¿Qué necesitas de mí?.
Ahora sí.
Quizá necesita autorización.
Información.
Un contacto.
Feedback.
Recursos.
O simplemente comprobar su razonamiento.
Ayudar no significa necesariamente hacerse cargo.
Aquí está la diferencia entre resolver y desarrollar.
Resolver produce alivio inmediato.
Desarrollar produce capacidad futura.
Y los líderes vivimos tentados por lo primero porque normalmente es más rápido.
“Déjamelo, yo lo hago”.
Cinco minutos.
Problema terminado.
Pero esos cinco minutos tienen un costo oculto.
La próxima vez…
volverán.
Y después otra vez.
Hasta que tu agenda queda llena de problemas ajenos.
Cada problema puede ser una pequeña sesión de entrenamiento.
Esto conecta directamente con el liderazgo basado en coaching.
Cuando alguien trae un problema, tengo dos posibilidades.
Opción A.
Le entrego mi experiencia.
Opción B.
Utilizo mi experiencia para ayudarle a construir la suya.
No siempre elegiré B.
Hay emergencias.
Hay decisiones sensibles.
Hay riesgos que requieren intervención directa.
Pero si todas las situaciones son tratadas como emergencias, nunca desarrollamos criterio en nadie.
Una regla práctica que recomiendo.
Antes de responder una consulta de tu equipo, clasifícala mentalmente.
🔴 Alto riesgo.
Intervengo.
Seguridad, legalidad, reputación, consecuencias graves o decisiones fuera del nivel de autoridad de la persona.
🟡 Riesgo manejable.
Acompaño.
Hago preguntas, reviso alternativas y permito que la persona decida.
🟢 Bajo riesgo.
Me retiro.
Dejo que resuelva y después revisamos qué aprendió.
La autonomía no aparece entregando libertad absoluta de un día para otro.
Se construye ampliando progresivamente el espacio donde la persona puede decidir.
El error también necesita convertirse en aprendizaje.
Esta parte cuesta.
Porque cuando dejamos decidir, algunas decisiones saldrán diferente de como nosotros las habríamos hecho.
Incluso algunas saldrán mal.
Ahí aparece el momento decisivo.
Podemos decir:
“Te dije que eso iba a pasar”.
Y recuperar el control.
O preguntar:
“¿Qué aprendiste?”.
“¿Qué señal no viste?”.
“¿Qué harías diferente la próxima vez?”.
“¿Qué mantendrías?”.
Un error razonable del que alguien aprende puede resultar mucho más valioso que diez decisiones correctas tomadas siempre por el jefe.
Cuidado con convertirte en la persona más eficiente del equipo.
Parece absurdo, pero puede convertirse en un problema.
Si eres quien mejor resuelve…
todos vienen a ti.
Si todos vienen a ti…
resuelves todavía más.
Si resuelves todavía más…
los demás practican menos.
Y mientras ellos practican menos…
tú te vuelves todavía más indispensable.
Hasta que un día dices:
“No logro desconectar”.
Claro.
Construiste un sistema que necesita tu cerebro permanentemente conectado.
Haz esta prueba durante una semana.
Cada vez que alguien te traiga un problema, no respondas inmediatamente.
Utiliza una sola frase:
“Antes de decirte lo que pienso, dime qué propones tú”.
Nada más.
Después escucha.
Al principio probablemente recibirás respuestas pobres.
Es normal.
No significa que la técnica no funcione.
Puede significar que durante mucho tiempo la persona no necesitó llegar con propuestas.
Ahora estás cambiando la regla.
Y cambia también cómo recibes los problemas.
Yo establecería un acuerdo con el equipo:
“Cuando me traigan un problema, siempre que sea posible quiero que venga acompañado de al menos una alternativa”.
No porque necesariamente vayamos a utilizarla.
Porque quiero que el pensamiento ocurra antes de llegar a mí.
Ese pequeño cambio modifica muchísimo la dinámica.
De:
“Jefe, tenemos un problema”.
A:
“Tenemos este problema. Analicé A y B. Recomiendo B por estas razones y necesito su autorización para avanzar”.
Eso ya se parece a autonomía.
El principal aprendizaje.
📌 Un buen líder no demuestra su valor resolviendo todos los problemas. Lo demuestra construyendo personas capaces de resolver cada vez más problemas sin él.
Ese cambio golpea un poco el ego.
Porque ser necesario se siente bien.
Que te consulten.
Que necesiten tu experiencia.
Que tú tengas la respuesta.
Pero existe un nivel superior de liderazgo.
Que ya no necesiten preguntarte ciertas cosas porque aprendieron contigo a resolverlas.
Ahí tu impacto creció.
Aunque tu participación disminuyera.
Mi reflexión.
Cuando un líder me dice:
“Nada funciona con esa persona”.
o:
“Yo sé cuál es el problema, lo que no sé es cómo resolverlo”.
me interesa saber qué conversaciones está teniendo con ella.
Porque dirigir personas no consiste solamente en asignar tareas y verificar resultados.
También significa enseñar a pensar.
Hacer preguntas.
Dar feedback.
Aumentar progresivamente responsabilidad.
Permitir errores razonables.
Y resistir esa tentación permanente de recuperar el control porque nosotros podemos hacerlo más rápido.
Eso requiere método.
Pero cuando empieza a funcionar, aparece justamente la transformación que tantos líderes buscan.
De:
“Cargo solo con un equipo que no responde y me drena”.
A:
“Lidero con calma a personas que piensan, deciden y me siguen porque quieren, no porque necesitan que esté detrás de ellas”.
Entonces puedes irte una tarde sin revisar el teléfono cada diez minutos.
Tomar vacaciones sin imaginar una catástrofe.
Dedicar tiempo a aquello que realmente corresponde a tu posición.
Y sentir algo que muchos líderes han perdido:
orgullo al comprobar que tu gente puede funcionar bien incluso cuando tú no estás.
Eso también es liderazgo.
Quizá una de sus mejores pruebas.
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Referencia bibliográfica.
Velasquez, L., & Gleitsman, K. (2023, March 1). How to equip your team to problem solve without you. Harvard Business Review. (Harvard Business Review)